Locos, irresponsables, promiscuos y rebeldes

 

“La felicidad no es una estación donde llegar, sino una manera de viajar”.

Margaret Lee Rumbeck

 

Una vez, al terminar una conferencia sobre “Vive intensamente” una persona se me acercó y me dijo: “eso de vivir intensamente es como vivir la vida loca, irresponsablemente, ser promiscuo y hacer lo que te da la gana. Estás enseñando cosas malas a las personas.

Recuerdo haber sonreído con cierta indulgencia y haberle comentado una pequeña parte de lo que escribo a continuación. Porque justamente esas palabras del señor fueron la que inspiraron este post. Y es que considero que eso de ser locos, irresponsables, promiscuos y rebeldes no es tan malo ¿Por qué?

Porque todos necesitamos ser un poco “locos” para atrevernos a hacer lo impensable, lo cuestionable, lo inimaginable. Necesitamos estar “locos” para enfrentar nuestros temores y complejos y arriesgarnos a cumplir nuestros sueños, deseos, metas y proyectos. Eso es vivir intensamente.

Porque hay que ser a veces un poco irresponsables y no deberle explicaciones a nadie de nuestra felicidad o de nuestros actos y menos si lo que hacemos, sentimos o pensamos está siendo coartado y hasta coaccionado por nuestra pareja, familia, la sociedad o el sistema. Entonces sí, seamos irresponsables. Vivamos intensamente.

niñas frente al vacío_gsbilbao

Porque también, de vez en cuando, y si así lo deseamos podemos ser promiscuos y no necesariamente en el sexo. Podemos ser promiscuos intelectuales, espirituales, emocionales. Viajar a varios países, probar muchas comidas, experimentar muchas emociones, visitar a nuestros amigos, leer muchos libros, bailar ritmos distintos, ayudar a muchas personas, indagar en varias religiones hasta encontrar nuestra verdad, y sí, también intimar con varias personas, si eso nos hace sentir bien, siempre que lo hagamos con responsabilidad y no lastimemos intencionadamente a nadie con eso. ¿Cuál es el problema? Eso también es vivir intensamente.

¿Cuál es el problema en hacer lo que nos da la gana? ¿es pecado? ¿es condenable? ¿por qué, por quién? ¿por “Dios”, por el estado, por la ciencia, por tus vecinos, por los extraterrestres? La pregunta no es si está mal hacer lo que nos da la gana, la pregunta es desde cuándo no lo hacemos. Nos hemos convertido en seres tan mecánicos,  predecibles, adivinables, básicos y rutinarios… Si eso nos hace felices, muy bien, sigamos así, pero si nos sentimos vacíos, no vibramos, no nos sentimos plenos, entonces pienso que es hora que vivamos a plenitud y hagamos algo que queramos hacer, eso que soñamos desde hace tiempo, que anhelamos con todas las fibras de nuestro ser. Si es por nuestro bienestar emocional, físico, mental, hagámoslo, siempre que el objetivo no sea lastimar a nadie más. Eso, querido viviente, es vivir con intensidad.

 

“El hombre que medita consigo mismo encontrará siempre mil razones para sentirse desgraciado. Jamás hizo lo que hubiera deseado y debido hacer. No trate de borrar un pasado que nada puede abolir, mejor construya un presente del que se sentirá en seguida orgulloso. El peor de los males es estar en desacuerdo consigo mismo”.

André Mauroisescritor francés

 

Recuerda, carpe diem: vive el momento, saboréalo, céntrate en él. Vive tu propósito, haz algo diferente cada día. Un abrazo antidepresivo y motivador y sobre todo, no te olvides de vivir y de hacerlo intensamente.

Escribió para ti, Gary Samuel Bilbao, @gsbilbao en todas las redes.

Nos leemos en una próxima ocasión.

 

Gracias Pixbay por la imagen

Vive intensamente

“Morir es conmovedoramente amargo, pero la idea de tener que morir sin haber vivido es insoportable”.

Erich Fromm

 

Siempre oímos que debemos vivir como si fuera el último día de nuestra vida, pero otros nos dicen que debe ser como si fuera el primero.  A pesar de la disyuntiva y de lo que dicen unos y otros, he optado por adquirir  la costumbre y aprender a ver cada día como si fuera el último. Sin embargo, reflexionando al respecto, me doy cuenta que vivir como si fuera el primer día de nuestra vida también tiene mucho sentido y nos puede ayudar en nuestra capacidad de vivir al máximo, que al fin de cuentas, es el mensaje implícito en esas expresiones. ¿Cómo sería vivir de las dos maneras?

Supongamos que nuestro primer día de vida sea espontáneo, es decir, que no fue un proceso de nacimiento y crecimiento progresivo, sino que despertamos al mundo tal cual somos. ¿cuál sería nuestra reacción? ¿qué actitud tendríamos ante lo que vemos? Si reaccionamos y nos comportamos igual a cuando tenemos un juguete o artefacto nuevo, entonces estaríamos emocionados, curiosos, porque justamente todo sería extraño, desconocido y nuevo para nosotros. El sol, el agua, las plantas, los animales y nuestro mismo cuerpo. Notaríamos que tenemos algo que palpita dentro de nosotros, allí en la parte superior izquierda del pecho. El poder ver, oír, hablar, respirar. Los colores, cada sonido que oyéramos lo apreciaríamos con detenimiento, es decir lo escucharíamos. El olor de una flor o de una fruta, el propio sabor de esa fruta.

Cada sorbo de agua que bebamos. La inmensidad del cielo, la complejidad de un automóvil o de un teléfono. Cada bocado sería una experiencia nueva, única y fascinante, lo degustaríamos con placer y mucha atención. Al conocer a otros nos sorprenderíamos de lo que son capaces de hacer, decir o sentir;  de lo que podemos aprender de ellos, de compartir lo que estamos viviendo. En fin, al ser todo nuevo para nosotros lo apreciaríamos con alucinación, con encanto. Es nuestro primer día de vida, tenemos todo un mundo por conocer y una vida por delante que aprovechar. Hay mucho que experimentar, aprender, disfrutar, compartir.

Y allí, a mi parecer, radica la enseñanza de esa expresión de “vivir cada día como si fuera el primero”, porque al ser todo nuevo, la pasión por vivir está rebosante, la efervescencia y la enormes expectativas de lo que nos traerá ese día y el resto de nuestra  vida son inmensas, y cada experiencia será algo que disfrutaremos con mucha intensidad.

vivir como si fuera el primero y el último

Al otro extremo, está la expresión, “vivir cada día como si fuera el último”. Para algunos es una declaración fatalista y sombría. Porque es como vivir a cada momento como si fueras a morir y eso es un poco funesto. Sin embargo, la muerte es incierta, nunca sabremos cuándo llegará. Por lo tanto, no  dejemos pasar las horas en vano, no posterguemos eso que deseamos decir, sentir o experimentar. En el primer día creemos que tenemos toda una vida por delante, en el último sabemos que moriremos pronto, por lo que desarrollamos un sentido de urgencia, de cierta ansiedad por vivir al 100% porque luego de ese día no estaremos más. Ya no veremos a nuestros seres queridos, no sentiremos un beso o un abrazo, no habrá modo de ver otra vez la luz del sol, ni comeremos nunca más nuestra comida favorita. Dejaremos de oír para siempre la voz de nuestra hija o ese sobrino que tanto amamos. Jamás sentiremos de nuevo un orgasmo.  No escucharemos más canciones, ni veremos más películas; ¿la playa, el río, la montaña? No, ya no más.

Por ello, el vivir como si fuera el último día nos impulsa a aprovechar cada momento, a valorarlo por que no sabemos si ese será el día que nos despediremos de este mundo. Y he allí la importancia de abrazar, besar, decir “te amo” “perdón”, “gracias”; de disfrutar cada pizza o cada copa de vino, cada bocanada de aire, ese amanecer o atardecer, la lluvia que nos cae esa conversa con un amigo. En fin, hacer lo que nos gusta, gozar cada minuto, vivir intensamente.

“Si entendiéramos que cada día que comienza no es un día más, sino un día menos, haríamos cosas diferentes”.

Sara Jiménez

La psicóloga Elsa Punset dice: “La gente suele envejecer mental y emocionalmente cuando pierde su curiosidad y capacidad de amar”. Y concuerdo en su totalidad con esa declaración. Vivir, se resume, en encontrar el equilibrio entre vivir con la fascinación de lo nuevo y con la reflexión y nostalgia de lo que ya no estará más. Vivir como si fuera el primer día de nuestra existencia y como si fuera el último. Como si fuéramos a morir hoy o si lo fuéramos en 50 años.

 

Carpe diem. Saboréa la vida. Préstale atención. Vive tu ikigai. 

 

Un abrazo antidepresivo y motivador.

 

No te olvides de vivir y de hacerlo intensamente.

 

G. S. Bilbao